El concepto de «indigencia cognitiva» suena complejo, pero describe una realidad muy simple y preocupante: nos estamos volviendo mentalmente perezosos por pura comodidad. Los indigentes cognitivos se acostumbran a buscar una verdad que sea principalmente conveniente a sus intereses particulares, lo que hace que además, sean personas muy fáciles de manipular.
No tengo claro que de momento hayamos perdido la capacidad de razonar, pero lo que parece innegable es que hemos decidido delegar el esfuerzo de pensar en los ordenadores (smartphones) que llevamos en el bolsillo. Entre el scroll infinito de las redes sociales y la respuesta inmediata de la inteligencia artificial, estamos casi a diario externalizando nuestra capacidad de análisis a cambio de un enorme silo de ideas prefabricadas por estadísticas algorítimicas.
Las redes sociales nos acostumbraron a una especie de gratificación instantánea. El algoritmo decide qué nos interesa, nos ahorra el trabajo de buscar y nos ofrece opiniones masticadas para que solo tengamos que reaccionar con un clic y llenar nuestro saco del ego y calmar nuestra ansiedad con cada like recibido.
El problema con respecto al pensamiento crítico, es que este no funciona así. El pensamiento crítico requiere tiempo, contraste y, sobre todo, una pizca de aburrimiento. Al eliminar esa fricción de tener que investigar o simplemente dudar, nos conformamos con la primera capa de información que nos llega. Pasamos de ser consumidores activos a receptores pasivos de impactos constantes e información enlatada.
La irrupción de la inteligencia artificial generativa ha acelerado este proceso de forma alarmante. Ahora ya no solo delegamos la búsqueda de información, sino también la redacción, el análisis y la toma de decisiones básicas del día a día. Si ante cualquier duda o tarea recurrimos al prompt rápido para que la máquina resuelva el problema, debilitamos la habilidad más valiosa que tenemos: la capacidad de procesar la complejidad por nosotros mismos. Escribir y estructurar una idea es, en realidad, el proceso mediante el cual aclaramos lo que pensamos. Si dejas que una herramienta escriba por ti, estás dejando que decida cómo se estructuran tus argumentos.
Para los que trabajamos en marketing, estrategia o desarrollo de negocio, esta tendencia tiene un impacto directo e inmediato en la calidad del trabajo. Cuando todo el mercado utiliza los mismos sistemas automáticos para redactar propuestas, analizar audiencias o generar contenido, el resultado es una preocupante homogeneización. Todo se vuelve similar, parecido, y todo empieza a sonar igual de correcto, igual de plano e igual de aburrido. La verdadera diferenciación no se consigue copiando plantillas ni automatizando procesos creativos al extremo; surge de la mirada propia, de la experiencia acumulada y de la capacidad de detectar lo que el algoritmo no puede ver. Esto, sin ninguna duda, es más fácil decirlo, o escribirlo aquí que después ponerlo en práctica con todas las herramientas que tenemos a nuestro alcance.
La inteligencia artificial y las plataformas digitales son herramientas extraordinarias si se utilizan para ampliar nuestras capacidades, no para sustituirlas. El peligro no es la tecnología en sí, sino nuestra propia condescendencia al usarla para evitar el esfuerzo intelectual. Desde mi punto de vista, la resistencia hoy en día no consiste en desconectarse del mundo digital (aunque hay que quién lo está practicando y funciona a nivel descanso mental también), sino en mantener el control de nuestro criterio propio, que también es cierto que para eso hay que tenerlo, o al menos tratar de trabajarlo.
Seguramente me equivoque, lo hago bastante, pero creo que en un entorno saturado de respuestas automáticas y predecibles, la profundidad de análisis y el trabajo intelectual, creativo y el pensamiento crítico van a ser, más que nunca, los activos más escasos y valiosos de cualquier profesional.
Javier Varela
Imagen: Deep Mind en Pexels





